domingo, 9 de diciembre de 2012

Primera “Carta a Dios”, al comienzo del Adviento


Querido Dios: 
Hoy te escribo esta primera “Carta”, coincidiendo con este tiempo de Adviento. Acabo de pronunciar tu nombre, y me he quedado unos segundos en silencio. Suena bien tu nombre, pero pienso que es algo muy serio atreverse a pronunciarlo (alguna razón tendrían los judíos cuando no se atrevían a pronunciarlo). De Ti se dicen muchas cosas. Pero hay algo que se dice, y que a mí, personalmente, me gusta, aunque no siempre lo entiendo. Incluso, a veces, me entra la duda: que eres “Dios-con-nosotros”. Y me pregunto: ¿quiénes somos “nosotros”? ¿Con quién estás? Porque muchos quieren apropiarse de Ti, como si fueses únicamente de ellos.

A veces la gente, las pobres gentes que sabemos tan pocas cosas de Ti  nos rifamos tu nombre. Y resulta que cuando creemos tenerte (unos y otros), resulta que eres tan diferente que casi Somos tan diferentes que nos atrevemos a hacerte a Ti, también, diferente. Pero Tú sigues afirmando que eres un “Dios-con-nosotros”. ¿Será que somos nosotros los que tenemos que cambiar para que esa afirmación sea verdad? Tú ¿con quién estás? Sueles guardar silencio, porque ya lo has dicho con claridad: con todos.

Me he encontrado con gente que dicen que despachan contigo en la intimidad. Y trato de poner mi antena para comunicarme contigo. Pero a veces no sirve. Vuelve el silencio en la sala de espera; aunque sé que estás allí, que existes, aunque no logre hablar contigo. Yo sé que con ese silencio, me persigues, y me provocas.

Y ¿sabes, también, que hay muchos que se cansan de esperar? Y se largan porque tú no apareces, no les hablas, o no oyen tu voz.  Tú pareces no tener hora. No puedo decir que eres puntual o impuntual. Sencillamente, apareces (hablas) cuando te parece bien. A nosotros, acostumbrados a los relojes, a las prisas, no nos parece serio ese comportamiento.  Yo, amigo Dios, me decido a esperar, a estar aquí y esperar tu venida. Sospecho que, a veces, habrás venido y pasado, por mi mismo camino, y no te he reconocido. Quizás no has venido vestido como me dijeron, y he dejado que pasases de largo… Quizás es verdad que eres ese Dios-con-nosotros, y como nosotros, pero mis ojos no te han descubierto.

Dios amigo, sigo buscándote, sigo esperándote. Yo que busco también otras cosas más cercanas, otras cosas que no son Tú. No quisiera tener la mala suerte de que vinieras cuando esté muy ocupado en ellas. Si así ocurriera, te ruego que me grites, que me zarandees fuertemente, que me digas que eres tú, aunque vengas vestido con un traje viejo, o pidiendo limosna; aunque vengas “colocado” por la droga, o comido tu cuerpo por el sida, aunque acabes de llegar en la última patera como un emigrante, sin patria, in trabajo, sin dignidad… Hazme comprender entonces, y desde ahora, que Tú, Dios, eres “un Dios-con-nosotros”. Te seguiré esperando, aunque vengas disfrazado.

                                                                                                        Félix González

Nota: Estas cartas no son totalmente originales mías, aunque tienen una buena parte de mi cosecha.

Fuente: http://blogs.21rs.es

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